Cultura y tecnología

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¿Se ha preguntado por qué en la práctica social, y en el discurso oficial, se excluye casi siempre del concepto de cultura, a la ciencia y la tecnología? Si observamos con atención, en este error cae mucha gente, entre ellos un número no despreciable de científicos y técnicos, quienes sienten que sus áreas de conocimientos y de actividades, tienen poca o ninguna relación con la cultura.

Siendo hoy en día la tecnología un motor esencial del desarrollo socioeconómico, lo anterior no sólo es un peligro, sino que constituye un error, que en opinión de algunos estudiosos, se explica por la falta de comunicación social de la cultura tecnológica. Paradoja aparte, en una sociedad que dice llamarse “del conocimiento”, correspondería asumir su análisis como un complejo sistema tecnocultural.

Pero entonces ¿qué es la cultura tecnológica? Y ¿qué relación tiene con los productos tecnológicos que nos rodean?

Los productos tecnológicos han llegado a nosotros mediante el despliegue creativo de los sistemas publicitarios, que nos han creado la necesidad de consumirlos ¡y hay que ver cómo nos tienen! Pero también se han instalado como herramientas y recursos de primera necesidad. Resulta tentador, y hasta académicamente correcto, hablar de planos que viajan por caminos diferentes (o debiéramos decir nodos distintos), uno es netamente consumista y el otro sociológico. Si no fuera porque vivimos en una sociedad tan tecnificada como esta.

Numerosos estudios señalan la necesidad de crear bases mínimas de tecnocultura o, más precisamente, de sociotecnocultura, en un mundo donde las actividades humanas se desenvuelven en entornos, no sólo sociales, sino tecnosociales, complejos y supeditados a la tecnología. (Fernando Sáez, 2011). Las razones sobran, los aparatos de los que somos dependientes, constituyen artefactos sociales; sus aplicaciones han transformado nuestra sociedad, generando nuevas formas sociales y mentales, transformando nuestra cultura por completo.